MARZO 25 -- ORAR EN EL ESPIRITU -- CH Spurgeon


No dejen ustedes de orar: rueguen y pidan a Dios siempre, guiados por el Espíritu. Manténganse alerta, sin desanimarse, y oren por todo el pueblo santo.
Efesios 6 : 18

Es evidente que este versículo está apuntando a mucho más que hablar en lenguas, aunque esta es una de las manifestaciones del Espíritu. Las palabras que escoge el apóstol para acompañar su exhortación, orar, suplicar, velar con toda perseverancia, nos hablan de una intensidad que trasciende la experiencia de oración común a la mayoría de nuestras vidas. Para nosotros, la oración muchas veces consiste en elaborar una lista de peticiones y elevarlas al Señor, esperando que él se complazca en añadir su bendición.La oración en el Espíritu es, en su esencia, una oración donde el protagonista principal es precisamente el Espíritu. Meditemos por un instante en el significado de esta frase «en el Espíritu». ¿Cuál es la diferencia entre una oración conducida por nuestra pasión y una que es efectuada en el Espíritu? Con solo efectuar la pregunta comenzamos a vislumbrar la diferencia que puede haber entre lo uno y lo otro. La oración elaborada por nuestra pasión puede ser muy profunda e intensa pero tiene justamente ese problema: ¡es nuestra! La oración en el Espíritu es, en su esencia, una oración donde el protagonista principal es precisamente el Espíritu. Es decir, el que impulsa las peticiones y expresiones hacia Dios es el mismo Señor. Es, en las palabras de un autor, «Cristo orando a través de nosotros».

Considere esto, a la luz de la siguiente declaración de Pablo: «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.» (Ro 8.26). Quedan claramente expuestos dos conceptos en este versículo. En primer lugar, nuestra oración se elabora desde una postura de debilidad, y esta debilidad consiste en que no sabemos qué es lo que debemos pedir. No obstante, en la mayoría de nuestras oraciones nos movemos como si supiéramos que pedir, como si estuviéramos absolutamente seguros de las peticiones que tenemos que efectuar. Orar en el Espíritu, entonces, requeriría de nosotros que seamos mucho más cautos a la hora de pedir cosas o, incluso, a la hora de hablar en su presencia. Nos invitaría a escuchar, para que el Espíritu nos dé alguna indicación de qué tipos de peticiones podemos o debemos efectuar.

En segundo lugar la declaración de Pablo nos informa que, no importa cuan «prolijas» sean nuestras oraciones, el Espíritu las toma y traduce en algo que es entendible para el Padre. ¿Estamos afirmando que el Padre no nos entiende? ¡De ninguna manera¡ Lo que estamos diciendo es que el Espíritu toma nuestras oraciones muy humanas y las convierte en algo mucho más acorde a los deseos y las cargas del Padre. Interpreta el sentir de nuestro corazón, aunque nosotros no podamos darle palabras ni aun entenderlo. Al igual que todas las otras actividades que forman parte de la vida espiritual de los hijos de Dios, la oración debe ser realizada como fruto del accionar del Espíritu. ¿Podremos detener suficientemente nuestros propios impulsos para darle lugar a él?

MARZO 17 -- LLevar nuestra Cruz -- David Wilkerson

Jesús le dijo a sus discípulos, “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). Sin embargo, ¡Jesús no podía llevar su cruz y ni tampoco usted puede!

Mientras Jesús soportaba su propia cruz hacia el Gólgota, guiado por sus atormentadores, él estaba muy débil y agotado para llevarla por mucho tiempo. Cuando él llegó al final de su aguante, su cruz fue puesta sobre otros hombros. La Biblia no nos dice qué distancia Jesús llevó su cruz, pero sabemos que Simón el Cireneo fue obligado a tomarla y llevarla hasta el lugar de la crucifixión (ver Mateo 27:32).

¿Qué significa esto para nosotros? ¿Nos haría nuestro Señor hacer algo que él no pudo hacer? ¿No dijo él “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27)? Una cruz es una cruz, ya sea de madera o espiritual. No es suficiente decir, “su cruz era diferente – nuestra cruz es espiritual.”
Personalmente, a mí me da gran esperanza saber que Jesús no pudo tomar su propia cruz. Me anima saber que no soy el único que está abatido hasta el suelo a veces, y que no soy capaz de continuar con mis fuerzas.

Jesús sabía exactamente lo que estaba diciendo cuando nos llamó a “tomar nuestra cruz y seguirlo.” Él recordaba su propia cruz y que otro tuvo que llevarla en lugar de él. ¿Por qué entonces él me pediría que yo le ponga el hombro a una cruz que pronto me aplastaría en el suelo? Él conoce la agonía, la impotencia, y la carga que la cruz produce. Él sabe que no podemos llevarla todo el camino en nuestras propias fuerzas.

Aquí hay una verdad escondida que necesitamos descubrir, una verdad tan poderosa que cambiará la manera en que miramos todos nuestros problemas y dolores. Parecería como un sacrilegio sugerir que Jesús no llevó su propia cruz, pero esa es la verdad.

Dios sabe que no hay ninguno de sus hijos que pueda llevar su cruz cuando la tomamos al seguir a Cristo. Queremos ser buenos discípulos negándonos a nosotros mismos y tomando nuestra cruz, pero parece que nos olvidamos que esa misma cruz nos llevará algún día al final de nuestra resistencia humana. ¿Nos pediría Jesús a propósito que tomemos una cruz la cual él sabe que nos quitará todas nuestras energías humanas y nos dejará en el suelo, impotentes, hasta el punto de rendirnos? ¡Sí, absolutamente! Jesús nos advierte de antemano, “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Así que él nos pide que tomemos nuestra cruz, que breguemos con ella, hasta que aprendamos esa lección. Recién cuando nuestra cruz nos derriba al suelo, es que aprendemos la lección de que no es por nuestra fuerza ni por nuestro poder o fortaleza, sino por su poder. Eso es lo que la Biblia quiere decirnos cuando dice que su poder se perfecciona en nuestras debilidades.

MARZO 16 -- Paz de Cristo -- Ch Shaw

Les digo todo esto para que encuentren paz en su unión conmigo. En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo
Juan 16:33

Los "profetas" de la actualidad ofrecen una vida de puras bendiciones, donde todo es victoria y alegría. Inclusive, uno de los grupos famosos que han surgido en los últimos años tiene como lema: "pare de sufrir!" Cristo no anduvo con vueltas, ni trató de esconder la realidad de sus discípulos. Su declaración es sencilla y directa: En el mundo tendréis aflicción!

No hacía falta que diera mayores explicaciones acerca del tema, pues los discípulos mismos eran testigos del sufrido paso de Jesús por la tierra. Se había visto obligado a luchar con el hambre, el cansancio y el frío. A diario debía manejar el acoso de las multitudes, con su interminable procesión de curiosos, interesados y necesitados. Además de esto, debió luchar con los cuestionamientos, las sospechas y las agresiones por parte de los grupos religiosos. Y, ¿qué podremos decir de las angustias particulares que el grupo de hombres cercano a él le produjeron en más de una ocasión? Todo esto formaba parte de la experiencia de transitar por este mundo.

En esta ocasión Cristo acompaña esta revelación con algunos principios importantes. Gran parte del sufrimiento en tiempos de aflicción no procede de la experiencia en sí, sino de la manera que reaccionamos a ella. Nuestra reacción frecuentemente es negativa porque nos sorprende los que nos ha tocado vivir. La inocencia de nuestro pensar queda admirablemente expuesta cuando exclamamos: "¿por qué a mí?" Jesús les dijo que lo que les había compartido era para que tuvieran paz en él. Es decir, ninguno de ellos podía aducir que nadie les había advertido de lo que les esperaba como consecuencia de ser discípulo del Mesías. Se reducía, de esta manera, un importante obstáculo en el manejo de conflictos.

Acompañó esta observación con una declaración que, como hijos de Dios, tenían acceso a la paz. Esta es, de hecho, la característica más sobresaliente de aquellos que viven conforme al Espíritu, y no a la carne. No es que están libres de las dificultades, los contratiempos, y los sufrimientos, sino que en medio de las más feroces tormentas experimentan una quietud y un sosiego interior que no tiene explicación. Son inamovibles en sus posturas, porque lo que ocurre fuera de ellos no logra derribar la realidad interna.

Cristo les hizo notar, sin embargo, que esta paz la tenían en él. No era producto ni de la disciplina, ni del cumplimiento de una serie de requisitos religiosos, ni de una decisión que habían tomado en el pasado de seguir a Jesús. La paz estaba en la persona de Cristo, y solamente tendrían acceso a ella quienes estaban cerca de él. La Paz es, en últimas instancias, el resultado directo de su victoria, no la nuestra.

Para pensar:
Dios en su sabiduría no nos da la paz, sino acceso a la persona que tiene la paz. Esto nos obliga a buscarlo siempre a él, fuente eterna de vida y plenitud.

MARZO 15 -- Ojos Fijos -- Ch Shaw

Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona. Jesús soportó la cruz, sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría; y se sentó a la derecha del trono de Dios
Hebreos 12 : 2

El autor de Hebreos nos anima a pensar en la analogía de una maratón (una carrera de unos 42 kms. de distancia) para entender las dinámicas de la vida cristiana. En nuestro versículo de hoy, queremos pensar en lo que inspira al corredor. La competencia de la maratón estaba basada en la odisea del joven soldado griego que corrió una gran distancia, después de la batalla de Maratón, para informar acerca de los resultados de aquel acontecimiento. Tenía gran prestigio ser el ganador de semejante competencia, no solamente porque el atleta demostraba sus extraordinarias aptitudes físicas, sino también porque el campeón era identificado con aquel primer héroe de esta singular historia de Grecia.

En las carreras modernas, la largada muchas veces está en el mismo lugar de la llegada. Antes de correr, cada corredor echa un vistazo al podio y, por unos segundos, sueña con las sensaciones de estar subido allí, en lo más alto del escenario, aplaudido y elogiado por el público que lo reconoce como el mejor entre sus pares. Tal sueño, aun cuando no es más que un pensamiento fugaz en los minutos previos a la carrera, actúa como poderoso estimulante para cada uno de los deportistas. Aun los menos preparados acarician el sueño placentero de cruzar la meta, para sentir que todo el esfuerzo valió la pena.

Durante la carrera, habrá muchos momentos difíciles en los cuales el deportista luchará con el deseo de abandonar la persecución de la meta. En estas instancias, los mejores atletas convocan otra vez la imagen del glorioso momento de llegada y buscan recuperar fuerzas con un anticipo de la gloria que vendrá.

El autor de Hebreos usa como excelente ilustración de esto a Jesús. Su momento de máxima crisis fue en Getsemaní. Allí le confesó a sus discípulos el fuerte deseo de «abandonar la carrera». «Mi alma está angustiada» —les dijo—, «hasta el punto de la muerte.» ( Mateo 26.38) Se apartó y se concentró en la intensa batalla que se había apoderado de su corazón, una batalla entre el deseo de hacer la voluntad del Padre y el deseo de hacer la voluntad propia. Finalmente consiguió hacer lo que hacía falta para seguir en la carrera: quitó los ojos de la cruz y la inminente agonía de la muerte para fijar su vista en algo que lo inspiraba plenamente. Esto era el gozo del momento de reconciliación con su Padre celestial.

Como líder, usted necesita tener los ojos puestos en algo más inspirador que las circunstancias en las cuales se encuentra. Podría ser el cumplimiento de una Palabra que el Señor le dio. Podría ser la realización de una visión que recibió. O bien podría ser la finalización de un proyecto que traerá gloria a Su nombre. Sea cual sea el tema, esto lo inspirará e animará a seguir adelante cuando ya las fuerzas parecen desvanecerse.

Para pensar:
¿En qué cosas tiene los ojos puestos la mayor parte del tiempo? ¿Qué cosas tienden a desanimarlo? ¿Qué cosas lo inspiran? ¿Qué pasos debe tomar para fijar con mayor frecuencia sus ojos en aquello que lo inspira?

MARZO 14 -- Bienaventurados 7 -- Pacificadores-- CH Spurgeon

"Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios." Mateo 5: 9.

El versículo que le precede habla de la bienaventuranza de "los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios." Es bueno que entendamos esto. Hemos de ser "primeramente puros, después pacíficos." Nuestro carácter pacífico no ha de hacer nunca un pacto con el pecado, ni una alianza con lo malvado. Debemos poner nuestros rostros como pedernales contra todo lo que sea contrario a Dios y a Su santidad. Una vez que hayamos establecido eso en nuestras almas, podremos avanzar hacia el carácter pacífico para con los hombres.

Y el versículo que sigue a continuación de mi texto también parece colocado allí a propósito. Independientemente de cuán pacíficos seamos en este mundo, seremos tergiversados y malentendidos; y eso no debe sorprendernos, pues incluso el Príncipe de paz, por Su propio carácter pacífico, trajo fuego a la tierra.

Él mismo, aunque amó a la humanidad, y no hizo mal, fue "Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto." Por tanto, para que el de pacífico corazón no se sorprenda cuando se encuentre con el enemigo, se agrega en el siguiente versículo: "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos." De esta manera los pacíficos no solamente son declarados bienaventurados, sino que son circundados de bendiciones.

El pacificador, aunque es distinguido por su carácter, tiene la misma posición externa y la misma condición de otros hombres. En todas las relaciones de la vida se encuentra exactamente igual que los demás hombres. Así, el pacificador es un ciudadano, y aunque es cristiano, recuerda que el cristianismo no requiere que renuncie a su ciudadanía, sino que la use para dignificarla para la gloria de Cristo. Por esto el pacificador, como ciudadano, ama la paz.Por tanto, aunque él, a semejanza de otros hombres, siente hervir su sangre,reprime su reacción y se dice: "no debo contender, pues el siervo de Dios debe ser amable para con todos, apto para enseñar, sufrido."

Así que dice: "lo que no quisiera hacer yo mismo, no quisiera que otros lo hicieran por mí, y si no quiero ser un asesino, tampoco quisiera que otros murieran por mí." En visión camina por un campo de batalla; oye los gritos de los moribundos y los gemidos de los heridos; sabe que los propios conquistadores han dicho que todo el entusiasmo de la victoria no ha sido capaz de erradicar el horror de la terrible escena posterior al combate; así que dice: "¡No; paz, paz!"

Pero el pacificador no es solamente un ciudadano, sino que también es un hombre, y si algunas veces no se mete en la política en general, como hombre, piensa que su política personal ha de ser siempre la de la paz. Por ello, si viera su honor manchado, no lo defendería: considera que enojarse con su semejante sería una mayor mancha para su honor, que soportar un insulto. Escucha que otros dicen: "si pisoteas a un gusano respingará"; pero él dice: "yo no soy un gusano, sino un cristiano, y por eso no respingo, excepto para bendecir la mano que me golpea, y para orar por aquellos que malignamente abusan de mí."

Tiene su temperamento, pues el pacificador puede enojarse, y ay del hombre que no se enoje; sería como Jacob que cojeaba de su cadera, pues la ira es uno de los pies santos del alma, cuando se dirige en la dirección correcta; pero aunque se enoje, ha aprendido el mandamiento: "airaos, pero no pequéis," y "no se ponga el sol sobre vuestro enojo."

Cuando está en casa, el pacificador busca estar en armonía con sus sirvientes y con los de casa; prefiere tolerar muchas cosas antes que decir una palabra inoportuna, y si tiene que reprender, siempre lo hace con amabilidad, diciendo: "¿por qué haces esto?; ¿por qué haces esto?", no con la severidad de un juez, sino con la ternura de un padre.

El pacificador va también más allá, y cuando tiene compañía algunas veces se enfrenta con menosprecios, e incluso con insultos, pero aprende a soportar todo esto, pues considera que Cristo sufrió tal contradicción de pecadores contra Sí mismo.

El santo Cotton Mather, un grandioso teólogo puritano de los Estados Unidos, había recibido un sinnúmero de cartas anónimas que lo ultrajaban grandemente; habiéndolas leído y guardado, puso una cinta de papel alrededor de ellas y escribió sobre esa cinta cuando colocó las cartas sobre un estante, "Libelos. Padre, ¡perdónalos!"

Ha aprendido el viejo adagio que reza: "una onza de prevención es mejor que un kilo de remedio," y lo tiene en cuenta para ponerse de acuerdo con su adversario pronto, entre tanto que está con él en el camino, y no se involucra en la contienda sino que la evita, y si no pudiera evitarla, busca acabarla tan pronto como sea posible, como delante de Dios.

Si se tratara de un ministro, y hubiere una diferencia en medio de su pueblo, no se mete en detalles, pues sabe muy bien que hay mucha chismografía vana; más bien dice: "Paz" a las olas, y "Silencio" a los vientos, y así convida a los hombres a la vida. Tienen tan poco tiempo para convivir juntos, piensa, que sería conveniente que vivieran en armonía. Así que afirma: "¡Cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!"

Pero además, el pacificador considera que su título más elevado es el de ser un cristiano. Siendo cristiano, se une a alguna Iglesia cristiana; y allí, como pacificador, es como un ángel de Dios. Incluso hay iglesias que están doblegadas por las debilidades, y esas debilidades son la causa de que los cristianos y las cristianas difieran algunas veces. Así que el pacificador dice: "esto es indigno, hermano mío; vivamos en paz"; y recuerda lo que Pablo dijo: "Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor"; y piensa que si Pablo les rogó a estas dos mujeres que fueran de un mismo sentir, la unidad debe ser algo bendito, y trabaja para lograrla.

El pacificador dice: "Seguid la paz con todos." Especialmente ora para que el Espíritu de Dios, que es el Espíritu de paz, descanse sobre la Iglesia en todo momento, haciendo uno de todos los creyentes, para que siendo uno en Cristo, el mundo sepa que el Padre ha enviado a Su Hijo al mundo; pues Su misión fue anunciada con un cántico angélico: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!"

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios." Un triple reconocimiento está implicado.

Primero, es bienaventurado; esto es, Dios lo bendice, y yo sé que aquel a quien Dios bendice, es bendito; y aquel a quien Dios maldice, es maldito. Dios le bendice desde el más alto cielo. Dios le bendice a semejanza de Dios. Dios le bendice con las abundantes bendiciones que están atesoradas en Cristo.

Y mientas él es bendito de Dios, esa bendición es esparcida a través de su propia alma. Su conciencia da testimonio que como a los ojos de Dios, por medio del Espíritu Santo, ha buscado honrar a Cristo entre los hombres.

Más especialmente es bendito mayormente cuando es más asediado por las maldiciones, pues entonces reconoce la enseñanza: "así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros." Y, aunque ha recibido el mandamiento de regocijarse en todo momento, tiene el mandamiento especial de estar sumamente alegre cuando es maltratado. Por tanto, si por hacer el bien es llamado a sufrir, lo acepta tranquilo y se goza de llevar de esta manera una parte de la cruz del Salvador.

En segundo lugar, podrán observar que el texto no dice únicamente que es bienaventurado; sino que agrega que es uno de los hijos de Dios. Esto es por adopción y gracia; pero la pacificación es una dulce evidencia de la obra interna del Espíritu pacificador. Además, como un hijo de Dios, tiene una semejanza a su Padre que está en el cielo. Dios es pacífico, longánimo, y tierno, lleno de misericordia, piedad, y compasión. Así es este pacificador. Siendo a semejanza de Dios, lleva la imagen de su Padre. De esta manera da testimonio a los hombres de que es uno de los hijos de Dios.

Como uno de los hijos de Dios, el pacificador tiene acceso a su Padre. Se acerca a Él con confianza, diciendo: "Padre nuestro que estás en los cielos," cosa que no se atrevería a decir, si no pudiera argumentar con una clara conciencia, "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores." Siente un lazo de hermandad con el hombre, y por eso siente que puede regocijarse en la Paternidad de Dios. Se acerca con confianza y con intenso deleite a su Padre que está en el cielo, pues es uno de los hijos del Altísimo, que hace el bien tanto al malagradecido como al que es malo.

Ustedes tienen que hacer mucho trabajo, no lo dudo, en sus propios hogares y en sus propios círculos de conocidos. Vayan y háganlo. Recordarán bien aquel texto de Job: "¿Se comerá lo desabrido sin sal? ¿Habrá gusto en la clara del huevo?", y por medio de esta frase Job quería que supiéramos que las cosas desabridas tienen que ser acompañadas de algo más, pues de lo contrario no serían agradables al paladar.

Ahora, nuestra religión es algo desabrido para los hombres: le tenemos que poner sal; y esta sal tiene que ser nuestra quietud y nuestra disposición de ser pacificadores. Entonces aquellos que hubieran evadido nuestra religión cuando estaba sola, dirán, al comprobar que va acompañada de sal: "esto es bueno", y podrán encontrar un sabor grato en esta "clara del huevo."

Si quisieran que su piedad fuese reconocida por los hijos de los hombres, hagan una obra clara y limpia en sus propias casas, expurgando la vieja levadura, para que puedan ofrecer un sacrificio a Dios que sea piadoso y celestial. Si tienen algunas trifulcas entre ustedes, o divisiones, les ruego que, así como Dios los perdonó por causa de Cristo, ustedes se perdonen también.

Por el sudor sangriento de Aquel que oró por ustedes, y por las agonías de Aquel que murió por ustedes, y que al morir dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen," perdonen a sus enemigos, y sigan el mandato "Orad por los que os ultrajan y os persiguen, y bendecid a los que os maldicen." Que siempre se diga de ti, como cristiano, "ese hombre es manso y humilde de corazón, y prefiere soportar una injuria que provocar alguna injuria a otro."

Pero el principal trabajo que quiero ponerlos a hacer, es este: Jesucristo fue el más grande de todos los pacificadores. "Él es nuestra Paz." Él vino a establecer la paz con el judío y con el gentil, "pues de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación." Él vino a establecer la paz entre todas las nacionalidades en pugna, pues ya no somos "griegos, bárbaros ni escitas, siervos ni libres, sino que Cristo es el todo, y en todos." Él vino a establecer la paz entre la justicia de Su Padre y nuestras almas ofensoras, y ha obtenido la paz para nosotros por medio de la sangre de Su cruz.

Ahora, ustedes que son los hijos de paz, esfuércense como instrumentos en Sus manos para lograr la paz entre Dios y los hombres. Eleven sus oraciones al cielo por las almas de sus hijos. No permitan que cesen jamás las súplicas por las almas de todos sus conocidos y parientes. Oren por la salvación de todos sus semejantes que perecen. Así serán pacificadores.

Y cuando hubieren orado, usen todos los medios a su alcance. Prediquen, si Dios les ha dado esa habilidad; prediquen la palabra de vida que reconcilia, con el Espíritu Santo enviado del cielo. Enseñen, si no pueden predicar. Enseñen la Palabra. "Insten a tiempo y fuera de tiempo." "Siembren junto a todas las aguas"; pues el Evangelio "habla mejor que la sangre de Abel," y clama la paz para los hijos de los hombres.

Escríbanles a sus amigos acerca de Cristo; y si no pueden hablar mucho, hablen un poco de Él. Pero, ¡oh!, establezcan como el objetivo de su vida ganar a otros para Cristo. No se queden satisfechos nunca con ir solos al cielo. Pídanle al Señor que puedan ser los padres espirituales de muchos hijos, y que Dios los bendiga permitiéndoles participar grandemente en la recolección de la cosecha del Redentor.

MARZO 13 --Bienaventurados 6 -- Limpio Corazon -- CH Spurgeon

"Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios." Mateo 5: 8.

Una peculiaridad del grandioso Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, Jesucristo nuestro Señor y Salvador, era que Su enseñanza tenía por blanco los corazones de los hombres. Otros maestros se han contentado con una reforma moral externa, pero Él buscó la fuente de toda maldad para limpiar el manantial de donde proceden todos los pensamientos, y las palabras y las acciones pecaminosas. Él insistió una y otra vez que, mientras el corazón no fuera limpio, la vida tampoco podría serlo nunca.

Oh amados, independientemente de que la así llamada "religión" reconozca como su seguidor al hombre cuyo corazón sea impuro, la religión de Jesucristo no lo hará. Su mensaje a todos los hombres sigue siendo: "Os es necesario nacer de nuevo"; es decir, la naturaleza interna debe ser regenerada divinamente, pues, de lo contrario, no pueden entrar y ni siquiera ver, ese reino de Dios que Cristo vino a establecer en este mundo.

Si tus acciones parecieran ser limpias, pero su motivo fuese impuro, serían nulas por completo. Si tu lenguaje fuera virtuoso pero si tu corazón se gozara en imaginaciones malvadas, estás ante Dios no según tus palabras, sino de conformidad a tus deseos. De acuerdo a la tendencia de la corriente de tus afectos, de tus gustos reales e íntimos y de tus aversiones, serás juzgado por Él. Lo único que el hombre pide de nuestras manos es la pureza externa, "Pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón"; y las promesas y las bendiciones del pacto de gracia pertenecen a quienes son limpios de corazón, y a nadie más.

Puede decirse lo mismo de la igualmente importante verdad de la regeneración. Los de corazón impuro no ven ninguna necesidad de nacer de nuevo. Dicen: "admitimos que no somos todo lo que deberíamos ser, pero podríamos ser rectificados con facilidad. En cuanto al tema de una nueva creación, no vemos su necesidad. Hemos cometido algunos cuantos errores, que serán corregidos mediante la experiencia; y ha habido algunos yerros en la vida que confiamos que puedan ser condonados mediante la vigilancia y el cuidado futuros."

Pero si el corazón no regenerado fuese limpio, vería que su naturaleza fue mala desde el principio; y se daría cuenta de que los pensamientos del mal surgen tan naturalmente en nosotros como las chispas brotan del fuego, y sentiría que sería algo terrible que una naturaleza así permaneciera sin ser cambiada. Vería dentro de su corazón celos, asesinatos, rebeliones, y males de todo tipo, y su corazón clamaría para ser liberado de sí mismo; pero precisamente debido a que su corazón es impuro, no ve su propia impureza, y no confiesa, ni lo haría en el futuro, su necesidad de ser hecho una nueva criatura en Cristo Jesús.

Pero en cuanto a ustedes que son de limpio corazón, ¿qué piensan ahora de su vieja naturaleza? ¿Acaso no es una carga pesada que continuamente soportan sobre ustedes? ¿Acaso no es la peste de su propio corazón la peor plaga que existe bajo el cielo? ¿Acaso no sienten que la propia tendencia a pecar es un constante dolor para ustedes, y que, si pudieran librarse completamente de ella, su cielo ya habría comenzado aquí abajo? Así que son los de limpio corazón los que ven la doctrina de la regeneración, y quienes no la ven, no la ven porque son de impuro corazón.

Una observación semejante es válida en lo concerniente al glorioso carácter de nuestro bendito Dios y Señor Jesucristo. ¿Quién lo ha criticado sino los hombres que tienen ojos de murciélago? Ha habido hombres inconversos que han tropezado por la belleza y la pureza de la vida de Cristo, pero los de limpio corazón están enamorados de ella. Sienten que es más que una vida humana, que es divina, y que Dios mismo es revelado en la persona de Jesucristo Su Hijo.

Si alguien no ve que el Señor Jesucristo es superlativamente codiciable, es porque él mismo no es de limpio corazón; pues, si lo fuera, reconocería en Él el espejo de toda perfección, y se regocijaría al darle reverencia. Pero, ¡ay!, todavía es cierto que, lo mismo que sucede con los asuntos morales, así también ocurre con lo espiritual, y debido a eso las grandes verdades del Evangelio no pueden ser percibidas por quienes son de corazón impuro.

Hay una forma de impureza que, más allá de las demás, pareciera cegar el ojo a la verdad espiritual, y es la duplicidad de corazón. Un hombre que es cándido, honesto, sincero, y semejante a un niño, es el hombre que entra en el reino del cielo cuando su puerta se abre para él. Las cosas del reino están escondidas para el que es insidioso y solapado, pero son claramente reveladas a los bebés en la gracia, a los de sencillo corazón, a la gente transparente que lleva su corazón al descubierto.

Un notable escritor ha observado que nuestro Señor probablemente aludía a este hecho en este versículo de nuestro texto. En los países orientales, el rey es visto raramente. Vive en un aislamiento, y es un asunto sumamente difícil lograr una entrevista con él; y se requiere de todo tipo de tramas, y de planes y de intrigas, y tal vez del uso de influencias tras bastidores, y de esa manera, un hombre puede lograr al fin ver al rey.

Pero Jesucristo dice, en efecto, "esa no es la manera de ver a Dios". No, nunca nadie se acerca a Él mediante astucia, o por medio de tramas y planes y artificios; pero el hombre sincero, que se acerca humildemente a Él, tal como es, y dice: "mi Dios, yo deseo verte; yo soy culpable, y confieso mi pecado, y te pido, por Tu amado Hijo, que perdones mi pecado," ese es el que verá a Dios.

El hombre cuyo corazón es limpio, es capaz de ver a Dios en la naturaleza. Cuando su corazón es limpio, oirá los pasos de Dios en todas partes en el huerto de la tierra, al aire del día. Oirá la voz de Dios en la tempestad, resonando de trueno en trueno desde los picos de las montañas.

Contemplará al Señor caminando sobre las grandes y potentes aguas, o lo verá en cada hoja que tiembla por la brisa. Una vez que el corazón es limpiado, puede ver a Dios en todas partes. Un corazón impuro no ve a Dios en ningún lado; pero un corazón limpio ve a Dios en todas partes, en las más profundas cuevas del mar, y en el desierto solitario, y en cada estrella que adorna la frente de la medianoche.

Además, los de limpio corazón ven a Dios en las Escrituras.Las mentes impuras no pueden ver ningún vestigio de Dios en ellas; más bien, ven razones para dudar si Pablo escribió la Epístola a los Hebreos, o tienen dudas de que el Evangelio según Juan pertenezca al canon, y eso es casi todo lo que pueden ver jamás en la Biblia; pero los de limpio corazón ven a Dios en cada página de este Libro bendito.

Cuando lo leen devotamente y en espíritu de oración, bendicen al Señor porque se ha agradado en revelarse a ellos gratuitamente por Su Espíritu, y porque les ha dado la oportunidad y el deseo de gozar de la revelación de Su santa voluntad.

Junto a eso, los de limpio corazón ven a Dios en Su Iglesia. Los de corazón impuro no pueden verle allí del todo. Para ellos, la Iglesia de Dios no es sino un conglomerado de grupos divididos; y mirándolos, no ven otra cosa que faltas, y fracasos e imperfecciones. Debemos recordar siempre que cada persona ve de conformidad a su propia naturaleza. Cuando el buitre se remonta al cielo, ve la carroña donde esté; y cuando la paloma de alas plateadas vuela al azur, ve el trigo escogido allí donde esté. El león ve su presa en el bosque y el cordero ve su alimento en las fértiles praderas. Los de sucio corazón ven poco o nada de bien en el pueblo de Dios, pero los de limpio corazón ven a Dios en Su Iglesia, y se gozan cuando se reúne allí con ellos.

Pero ver a Dios significa mucho más que percibir Sus huellas en la naturaleza, en las Escrituras, y en Su Iglesia; significa que los de limpio corazón comienzan a discernir algo del verdadero carácter de Dios. Cualquiera que se viera atrapado en una tormenta eléctrica, y que oyera el estruendo de los truenos, y viera todos los estragos provocados por los relámpagos y rayos, percibiría que Dios es poderoso. Si no es tan insensato como para ser un ateo, diría: "¡Cuán terrible es este Dios del relámpago y del trueno!"

Pero percibir que Dios es eternamente justo y sin embargo infinitamente tierno, y que Él es severamente estricto y sin embargo inmensurablemente abundante en gracia, y ver los diversos atributos de la Deidad, todos combinándose entre sí como los colores del arcoíris, conformando un todo armonioso y bello, esto está reservado para el hombre cuyos ojos han sido lavados primero en la sangre de Jesús, y que luego ha sido ungido con el colirio celestial por el Espíritu Santo.

Hay una gran cantidad de personas que podrían decir: "estamos conscientes de cosas espirituales. Hemos sido movidos, por la presencia de Dios entre nosotros, y nos hemos postrado, y hemos seguido adelante, y hemos sido abatidos, y luego hemos sido elevados al gozo, y a la felicidad, y a la paz; y nuestras experiencias son fenómenos verdaderos, al menos lo son para nosotros, como cualesquiera otros fenómenos bajo el cielo; y no nos van a despojar de nuestras creencias, porque están apoyadas por innumerables experiencias indudables."

"El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente." "Pero no existe un lugar secreto así," dirá alguno, ni "tampoco tal sombra." ¿Cómo sabes eso? Si otra persona viniera, y dijera: "¡ah!, pero yo habito en ese lugar secreto, y moro bajo esa sombra," ¿qué le responderías? Podrías llamarlo un insensato si quisieras, pero eso no prueba que sea un insensato; aunque tal vez él podría demostrar que tú eres un insensato, pues él es un hombre tan honesto como lo eres tú, y tan digno de que se le crea como a ti.

Los de limpio corazón pueden ver a Dios, y en efecto lo ven; no con los ojos naturales, -y lejos de nosotros sea una idea carnal como esa-, sino que, con sus ojos espirituales internos ven al grandioso Dios que es Espíritu, y tienen una comunión espiritual pero muy real con el Altísimo.

La expresión, "Ellos verán a Dios", podría significar algo más. Como ya he dicho, los que veían a los monarcas orientales eran considerados generalmente como personas altamente privilegiadas. Había ciertos ministros de estado que tenían el derecho de entrar y ver al rey siempre que decidieran hacerlo, y los de limpio corazón gozan precisamente de un derecho semejante, recibido para entrar y ver a su Rey en todo momento. En Cristo Jesús tienen el valor y la autorización para acercarse al trono de la gracia celestial con confianza.

Siendo limpiados por la sangre preciosa de Jesús, se han convertido en los ministros, esto es, en los siervos de Dios, y Él los emplea como Sus embajadores, y los envía con Sus elevados y honorables encargos, y ellos pueden verlo siempre que Sus asuntos les conduzcan a la necesidad de una audiencia con Él.

Y, por último, llegará el tiempo cuando aquellos que han visto así a Dios en la tierra, le verán cara a cara en el cielo. ¡Oh, el esplendor de esa visión! Es inútil que intente hablar de ella. Posiblemente dentro de una semana, algunos de nosotros sabremos más acerca de ella que todo lo que los teólogos de la tierra pudieran decirnos. No es sino un fino velo el que nos separa del mundo de gloria; puede ser rasgado en dos en cualquier momento, y entonces, de inmediato:

"Lejos de un mundo de dolor y pecado,
Con Dios eternamente unidos. . .


los de limpio corazón entenderán plenamente lo que significa ver a Dios. ¡Que esa sea su porción, y la mía también, por siempre y para siempre!

ESTA LIMPIEZA DEL CORAZÓN ES UNA OBRA DIVINA.

Y, créanme cuando les digo que nunca es una obra innecesaria. Nadie (excepto Cristo Jesús) nació jamás con un corazón limpio; todos han pecado, todos necesitan ser limpiados, no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

El corazón sólo puede ser limpiado por el Espíritu Santo de Dios. Tiene que venir sobre nosotros, y cubrirnos con Su sombra, y cuando ha venido así a nosotros, entonces nuestro corazón es cambiado, pero nunca antes de eso. Cuando el Espíritu de Dios viene de esta manera a nosotros, limpia el alma, -para seguir la línea de la enseñanza de nuestro Salvador en el capítulo que estamos analizando- mostrándonos nuestra pobreza espiritual: "Bienaventurados los pobres en espíritu."

Esa es la primera obra de la gracia de Dios: hacernos sentir que somos pobres, que no somos nada, que no merecemos nada, que somos indignos de algún merecimiento, y que somos pecadores merecedores del infierno. Cuando el Espíritu de Dios prosigue con Su obra, lo siguiente que hace es conducirnos a llorar: "Bienaventurados los que lloran." Lloramos cuando pensamos que hemos pecado como lo hemos hecho, lloramos anhelando a nuestro Dios, lloramos anhelando el perdón; y, entonces, la aplicación del agua y de la sangre que fluyeron del costado hendido de Cristo sobre la cruz, es el gran proceso que limpia eficazmente el corazón.

El ángel le dijo a José, antes de que Cristo naciera: "Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados." Todo el proceso de la salvación puede ser explicado brevemente así: el Espíritu de Dios nos encuentra con corazones inmundos, y viene y proyecta una luz divina al interior nuestro, para que veamos que los corazones son perversos. Luego nos muestra que, siendo pecadores, merecemos ser el blanco de la ira de Dios, y nos damos cuenta de que lo merecemos. Entonces nos dice: "Pero esa ira fue soportada por Jesucristo a nombre de ustedes." Él abre nuestros ojos, y vemos que "Cristo murió por nosotros", en nuestro sitio, y en lugar nuestro, y por nuestra causa. Lo miramos a Él, creemos que murió como nuestro Sustituto, y nos confiamos a Él. Entonces sabemos que nuestros pecados son perdonados por causa de Su nombre, y nos invade el gozo por el perdón del pecado con una emoción que no habíamos experimentado nunca; y en el siguiente instante, el pecador perdonado clama: "ahora que soy salvo, ahora que soy perdonado, Señor mío Jesucristo, seré Tu siervo para siempre. Voy a matar los pecados que te mataron a Ti; y si Tú me das la fortaleza de hacerlo, ¡te serviré mientras viva!"

La corriente del alma del hombre corría antes hacia el mal; pero al momento que descubre que Jesucristo murió por él, y que sus pecados le son perdonados por causa de Cristo, el torrente entero de su alma fluye en dirección contraria, hacia lo que es recto; y aunque todavía tiene una lucha contra su vieja naturaleza, a partir de ese día el hombre es de limpio corazón; es decir, su corazón ama la pureza, su corazón busca la santidad, su corazón ansía la madurez.

Ahora es un hombre que ve a Dios, ama a Dios, se deleita en Dios, anhela ser semejante a Dios, y ávidamente anticipa el tiempo cuando esté con Dios, y lo vea cara a cara. Ese es el proceso de purificación; ¡que todos ustedes lo experimenten a través de la obra eficaz del Espíritu Santo! Si están deseosos de experimentarlo, es proclamado gratuitamente para ustedes. Si anhelan verdaderamente el corazón nuevo y el espíritu recto, les serán dados gratuitamente. No es necesario que se preparen para recibirlos. Dios tiene la capacidad de obrarlos en ustedes en esta misma hora. El que despertará a los muertos con el sonido de la trompeta de la resurrección, puede cambiar su naturaleza con la simple volición de Su mente llena de gracia. Él puede, mientras estás sentado en este templo, crear en ti un nuevo corazón, renovar un espíritu recto dentro de ti, y enviarte de regreso como un hombre diferente de lo que eras cuando entraste, como si fueras un hijo recién nacido.

El poder del Espíritu Santo para renovar al corazón humano es ilimitado. "¡Oh", -dirá alguien- "yo quisiera que renovase mi corazón, que cambiara mi naturaleza!" Si ese es el deseo de tu corazón, eleva ahora esa oración al cielo. No dejes que ese deseo muera en tu alma, sino conviértelo en una oración, y luego exprésala a Dios, y escucha lo que Dios tiene que decirte. Es esto: "Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana"; o esto: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo", salvo de tu amor al pecado, salvo de tus viejos hábitos, y tan completamente salvo que te convertirás en uno de los hombres de limpio corazón que ven a Dios.

MARZO 12 -- Bienaventudaros 5 Misericordiosos -- CH Spurgeon

"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia."
Mateo 5: 7.

He comparado las Bienaventuranzas a una escalera de luz, y he comentado que cada una de las Bienaventuranzas brota y se suspende sobre la que le precede.

Pero ser misericordioso es más que eso, pues el hombre no sólo soporta ahora los agravios, sino que confiere beneficios. La Bienaventuranza anterior a esta se refiere al hambre y la sed de justicia; pero aquí el hombre ha sobrepasado la simple justicia, se ha elevado por sobre la búsqueda de lo que es justo y ha llegado a la búsqueda de lo que es bueno, y amable, y generoso y procura realizar cosas amables para con sus semejantes.

La escalera entera descansa sobre la gracia, y la gracia pone cada peldaño en su lugar, y es la gracia la que, en este lugar, ha enseñado al hombre a ser misericordioso, y le ha bendecido, y le ha dado la promesa de que alcanzará misericordia. Sería incorrecto tomar cualquiera de estas bienaventuranzas aisladamente, y decir que todo hombre misericordioso alcanzará misericordia, o citar erróneamente de la misma manera cualquier otra bienaventuranza, pues eso sería torcer las palabras del Salvador, y darles un significado que nunca pretendió que tuvieran.

Por esa razón yo afirmo que la gente de la que habla nuestro texto eran unas personas que ya habían alcanzado misericordia, que ya eran trofeos singulares de misericordia; y el hecho de que mostraran misericordia a otros era el inevitable resultado de lo que el siempre bendito Espíritu de Dios había hecho a favor de ellos y había obrado en ellos.

Ellos no eran misericordiosos porque tuvieran por naturaleza un corazón tierno, sino que eran misericordiosos porque Dios los había hecho pobres en espíritu. No eran misericordiosos porque hubieran tenido ancestros generosos, sino que eran misericordiosos porque ellos mismos habían llorado y habían recibido consolación. No eran misericordiosos porque buscaran la estima de sus semejantes, sino porque ellos mismos eran mansos y humildes y estaban heredando la tierra, y deseaban que otros pudiesen gozar, como ellos, de la bienaventuranza del cielo. No eran misericordiosos porque no pudieran evitarlo, sintiéndose obligados a serlo debido a algún apremio del que hubieran querido escapar gustosamente si hubiesen podido, sino que eran gozosamente misericordiosos, pues habían tenido hambre y sed de justicia, y fueron saciados.

Ser misericordioso incluye, primero que nada, benevolencia para con los hijos de la necesidad y las hijas de la penuria. Ningún hombre misericordioso podría olvidar a los pobres. Aquel que pasara por alto sus males sin sentir ninguna simpatía, y viera sus sufrimientos sin aliviarlos, podría parlotear lo que quisiera acerca de la gracia interior, pero no podría haber gracia en su corazón.

Cuando Dios ha dado a un hombre un nuevo corazón y un espíritu recto, posee una gran ternura para con todos los pobres, y siente especialmente un gran amor hacia los santos pobres; pues, si bien cada santo es una imagen de Cristo, el santo pobre es un cuadro de Cristo enmarcado por el mismo marco en el que debe ponerse siempre el cuadro de Cristo: el marco de la humilde pobreza.

Yo veo en un santo rico mucha semejanza con su Señor, pero no veo cómo podría decir con verdad: "no tengo dónde recostar mi cabeza". Tampoco deseo que lo diga; pero cuando veo la pobreza, lo mismo que todo lo demás que es a semejanza de Cristo, pienso que mi corazón está obligado a inclinarse hacia allá.

Así es como podemos lavar todavía los pies de Cristo: cuidando a los más pobres de Su pueblo. Así es como las mujeres honorables pueden ministrar todavía: aportando de sus riquezas. Así es como podemos hacer todavía un gran festín al cual podemos invitarle: si congregamos a los pobres, y a los lisiados, y a los cojos, y a los ciegos, que no pueden recompensarnos, y estamos contentos de hacerlo por causa de Jesucristo.

No faltarán menesterosos en medio de la tierra, y no faltarán menesterosos en medio de la verdadera Iglesia de Cristo. Son el legado de Cristo para nosotros. Es muy seguro que el buen samaritano recibió mayor beneficio del pobre hombre que encontró entre Jerusalén y Jericó, que el beneficio que otorgó a aquel pobre hombre. El samaritano aportó un poco de aceite y vino, y dos denarios, y los gastos del mesón, pero vio su nombre registrado en la Biblia, y desde allí ha sido transmitido a la posteridad: y sin embargo su inversión fue maravillosamente pequeña; y en todo lo que damos, la bendición llega a quienes dan, pues ustedes conocen las palabras del Señor Jesús, cuando dijo: "Más bienaventurado es dar que recibir." Bienaventurados aquellos que son misericordiosos con los pobres.

Además, el hombre misericordioso tiene un ojo ávido, un ojo dispuesto al llanto porque se identifica con los afligidos que le rodean. El peor mal del mundo no es la pobreza; el peor de los males es un espíritu deprimido; al menos yo no conozco algo que sea peor que esto, y hay incluso algunos entre los excelentes de la tierra que raramente gozan de un día brillante en todo el año . Hay muchos cristianos que siempre se apartan del camino de personas como esas; o si se las encuentran, les dicen: "ya basta de andarle contando a todo el mundo sus miserias. ¿Quién quiere hablar con gente así? No deberían estar tan tristes; realmente deberían estar más alegres; están cediendo al nerviosismo," etcétera.

El hombre misericordioso es siempre misericordioso para con estas personas; tolera sus extravagancias; a menudo se da cuenta de que son muy insensatas, pero entiende que él sería insensato también si les dijera eso, pues los volvería más insensatas de lo que son. No busca su propio consuelo diciendo: "voy a derivar consuelo de esta persona," sino que desea proporcionar consuelo. Recuerda que está escrito: "Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles," y conoce ese mandamiento: "Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén."

Entiende que, así como su Señor y Maestro buscaba lo que estaba herido, y vendaba lo que estaba quebrado, y sanaba lo que estaba enfermo, y traía de regreso lo que se había descarriado, de la misma manera todos Sus siervos deben imitar a su Señor, cuidando con mayor interés a los que se encuentran en el más triste apuro.

Oh hijos de Dios, si alguna vez son insensibles con las personas afligidas, no son lo que deberían ser; no son como su Señor; no son como serían si estuviesen en su recto estado; pues cuando están en la condición correcta, son tiernos, y piadosos y compasivos, y llenos de compasión, pues han aprendido del Señor Jesús que los misericordiosos son bienaventurados, y que alcanzarán misericordia.

Esta misericordia se extiende además al perdón pleno de todas las ofensas personales en nuestra contra. "Bienaventurados los misericordiosos", es decir, aquellas personas que no toman a pecho las injurias que reciben ni los insultos, ya sean intencionados o no.

Yo les recomiendo, queridos hermanos y hermanas, que tengan siempre un ojo ciego y un oído sordo. Yo he tratado siempre de tenerlos; y mi ojo ciego es el mejor ojo que tengo, y mi oído sordo es el mejor oído que tengo. Hay muchos comentarios que pueden oír incluso provenientes de sus mejores amigos que les podrían causar mucho dolor, y producirles mucho malestar; entonces no los oigan. Ellos probablemente se lamentarán por haber hablado tan poco amablemente, si ustedes no lo mencionan, y dejan que todo se desvanezca; pero si dijeran algo al respecto, y lo estuvieran recordando una y otra vez, y se irritaran y se preocuparan al respecto, y lo engrandecieran, y le comentaran a alguien más ese tema, e involucraran a media docena de personas en la disputa, esa es la forma en la que se han creado los desacuerdos familiares, ha sido la causa por la que las iglesias cristianas han tenido divisiones, el demonio es engrandecido, y Dios es deshonrado. Oh, no permitamos que suceda así entre nosotros, sino que debemos sentir, cuando recibamos alguna ofensa, "Bienaventurados los misericordiosos", y nosotros tenemos la intención de serlo.

El cristiano es misericordioso con todos, y anhela ansiosamente que sean llevados al conocimiento del Salvador, y realiza esfuerzos por alcanzarlos; procura ganar almas para Jesús, utilizando el máximo de su capacidad. También ora por ellos; si es realmente un hijo de Dios, se toma el tiempo para suplicar a Dios por los pecadores, y da todo lo que pueda para ayudar a otros para que pasen su tiempo explicando a los pecadores el camino de la salvación, y argumentando con ellos como embajadores de Cristo. El Señor Jesús verá el fruto de la aflicción de Su alma, pero será por medio de uno que es salvo y que le hable a otro, y ese otro a un tercero, y así sucesivamente hasta que el fuego sagrado se propague, hasta que la tierra se vea ceñida en llamas.

Ustedes que son misericordiosos estarán dispuestos a recibir a su hermano pródigo cuando regrese a la casa de su Padre. No sean como el hermano mayor, y cuando oigan la música y la danza no pregunten: "¿qué significan estas cosas?", sino consideren apropiado que todos estén contentos cuando el que se había perdido es hallado, y el que era muerto ha revivido.Resumiendo todo lo que he dicho en una frase, queridos amigos, seamos tiernos, amables y benévolos con todos.

Como una evidencia de gracia, la misericordia es una señal muy prominente y distinguida; y si necesitan una prueba de ello, permítanme recordarles que la propia descripción de nuestro Señor del día del juicio dice así: "Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí." Esta, por tanto, es la evidencia de que eran benditos del Padre.".